miércoles, 29 de abril de 2020
jueves, 7 de marzo de 2019
Gravedad
El tiempo vacío sirve para recordar todas las cosas que hago mal
los años perdidos del bachillerato
la castañuela rota
la cuerda de guitarra reventada
mi imposibilidad de abrir la boca y cantar como a mí se me de la gana
para verme al espejo y recordarme lo infeliz que soy desde que empecé a contar calorías
para recordar que hoy comí
de más
que hoy
comí
para pensar que sería buena idea vomitar después de comer
para pensar que solo un idiota consideraría buena idea la de vomitar después de comer
para perder el apetito
para pensar en quemar grasa
para pensar en qué mar nadar
para perder las ganas de ir al mar
para meter en mi cabeza de ahora ese mañana feliz que aún no existe
para pensar estupideces
para debilitar los ojos detrás de una pantalla
para sentirme mal por perder el tiempo debilitando mis ojos detrás de una pantalla
para hacer ejercicio
para recordar que ya no puedo hacer ejercicio porque me duelen los huesos
porque estoy enferma
y que cuando no estaba enferma no me gustaba tanto hacer ejercicio
para recordar que el tiempo pasa
y se la pasa caminando por mis fosas nasales
disfrazado de aire
para escribir estupideces
como que el tiempo no muere
que el que se muere es uno
que uno es el que pierde
pero, ¿qué pierde?
Tiempo
Aire
Nada
que hay que activar la alarma y evitar un retardo
para pensar que perder el tiempo es un pecado
que hace llorar a los santos
y pone a bailar a los diablos
Síndrome de abstinencia
Abrió la ventana
y ella estaba allí
con una sonrisa sin dientes
con una melena enredada
con una oreja pegada a la pared
con los ojos entornados
con la atención puesta en los gemidos de la vecina
que atravesaban la noche y el cemento de las paredes
cerró la ventana
cerró las cortinas
apagó la lámpara
y se metió debajo de las cobijas
abrió los ojos
y respiró el negro
el negro que antes bebía de los pocillos
le cundía los ojos
y le acariciaba la piel por debajo de las cobijas
una garra le apresó el tobillo
se hizo la muerta
pero el hambre de un limosnero le pateó el hígado
saltó de la cama
bajó a la cocina
prendió el fogón
hirvió el agua
preparó la infusión nocturna
besó al insomnio
y ella estaba allí
con una sonrisa sin dientes
con una melena enredada
con una oreja pegada a la pared
con los ojos entornados
con la atención puesta en los gemidos de la vecina
que atravesaban la noche y el cemento de las paredes
jueves, 17 de enero de 2019
Veinticuatro
Un día es un cardumen de veinticuatro peces muertos
que flotan sobre un mar
de gelatina
un hombre desnudo frente al espejo
que se mira y se recuerda porqué odia a los cerdos
una taza de chocolate
que hace más de trescientos sesenta y cinco días
dejó al azúcar sentado en una sala de espera
con un reloj
sin pilas
Una caricia
al ala
de una mariposa
con un guante
de lija
con un pico
de botella
la gota de limón
que hierve en la herida que aún no sana
Un día es algún día
el hueco que queda
después del ojo afuera
un banquete ofrecido por Isabel II
el día que el hambre abandonó a la tierra
Un día es un cardumen
de peces
veinticuatro
muertos
que flota
sobre un mar
de gelatina
sábado, 22 de diciembre de 2018
Villancico
Hoy la luna tiene náuseas
tiene ganas de llorar
el hielo derrite al fuego
una madre entona un villancico
y toca una guitarra que tiene como cuerdas
las tripas frescas del hijo de su vecina
al frente de su puerta
delante de todos los del barrio
de todos los que no hablan
de los que señalan con el dedo
de los que callan cuando ven al asesino que dibuja una golosa
con la sangre del que hasta hace dos minutos estaba vivo
guardan silencio
silencio
miran la crucifixión de un Cristo hecho con trapos
y tiemblan
mueven inquietos los dedos
zapatean
pero no dicen
miran
en silencio
en silencio
matan con silencio
ahorcan la culpa con rosarios
le donan a la iglesia
su biliar arrepentimiento
lo derraman en confesionarios
destierran el sabor amargo de su lengua
con el Pan
y el Vino
quefueronentregadosporvosotrosyportodosloshombresparaelperdondesuspecados
de sus pecados
los de otros
no los de ellos
ellos no pecan
para el perdón
de otros
callan
callan
mientras una madre llora
la madre del hijo sin tripas
del hijo que ahora suena
caminan sobre cáscaras de huevo
que son cráneos
que son muertos
los que ellos señalaron
a los que ellos no perdonaron
a los que según ellos Dios no quiere
a los muertos
a los muertos
a los muertos
hoy los grillos cantan fuerte
para morir con la primera nota
prefieren la muerte
a ser vecinos de lo humano
la noche de los cristales rotos se repite
se repite
se repite
y de tanto repetirse
ya no suena
ya no suena
ya no suenan los cristales
siguen rotos
mudos
ya no suenan
hoy la noche se repite
la noche fea que no cesa
hoy la eterna noche se repite
esa horrible noche
la noche en que
según el libro sagrado
Dios murió de frío
domingo, 25 de noviembre de 2018
Ringlete
Uno no es el mismo todo el tiempo
Unos días está hecho de aire
y deja los brazos abiertos
para que en la fosa que un día Dios dejó enterrados los pulmones
vuelen las mariposas
Otros días está hecho de hierro
Y el corazón pesa tanto
Que dan ganas de sacarlo con tenazas
Y dejarlo abandonado a su suerte
Muchas veces
Uno despierta hecho de estiércol
De heridas
De recuerdos armados con navajas
De sonrisas sin dientes
Con ganas de acariciar el cuerpo con papel de lija
Uno no siempre es el mismo
Es a veces una estación de transmilenio a las seis de la tarde
Y otras veces la séptima con setenta y dos a la una de la mañana
Y otras veces la séptima con setenta y dos a la una de la mañana
Es a veces dicha
Es a veces miedo
Es a veces miedo
Yo
Últimamente
Soy
Casi todos los días
Unas ganas enormes
De estrellar el teléfono
Contra el espejo
De estrellar el teléfono
Contra el espejo
martes, 25 de septiembre de 2018
Puente
La despertó el canto de un pájaro disfónico y cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que la mesa de noche estaba dividida en dos.
Había también media cortina,
media ventana,
medio reloj despertador y media puerta.
Quiso sentarse,
pero el totazo que se dio contra la cabecera de la cama le informó que la noche le había robado un brazo,
un hombro,
un testículo,
una pierna,
una oreja,
media boca,
la mitad de su manzana de Adán,
un implante que le daba forma de Eva,
media nariz,
un ojo
y la mitad de su cabellera negra.
Tomasa había amanecido incompleta.
Con el ojo que la noche generosa le había dejado, miró la mitad de su reflejo en la mitad del espejo de la media habitación en la que estaba y lloró,
se lamentó,
maldijo todas las veces que había repetido hasta la saciedad que se sentía inacabada por no tener un hombre al lado.
Tomasa, la que antes se llamaba Tomás, la que había renunciado a su masculinidad innata había guardado a su hombre en el olvido para poder anhelar sin temores la compañía de otro.
Suspiró.
Dando saltos con la cola,
llegó hasta la orilla de la cama, alcanzó con el brazo la silla del tocador que estaba cerca de la mesa de noche y tomó impulso para virar sobre su trasero y apoyar la pierna que le quedaba en el suelo. Se aferró a la misma silla escondiendo su cara del espejo.
El pájaro disfónico volvió a gorjear.
Frunció los labios para contestar el canto del ave con un silbido, pero no pudo.
Quiso llorar de nuevo, pero, como era media ella, ya se le habían acabado las lágrimas y no tuvo más remedio que suspirar, una forma menos escandalosa de llorar.
Afianzó la mano, tomó impulso y se puso de pie. Como si estuviera jugando a una golosa, que en vez de cielo tuviera infierno, cruzó la media habitación dando brincos y abrió la media ventana.
El pájaro voló.
Vio media montaña, medio cielo, media nube y medio sol.
Recostó su media humanidad contra la pared y vio detrás del medio árbol de peras del jardín media melena muy parecida a la mitad de su cabellera. Con el mismo silencio y sigilo que guarda un niño después de robarse una galleta, se sentó en el marco de la ventana.
Ella jugaba.
Tenía puesta la bota azul cielo que ya no estaba en su ropero y la mitad del vestido blanco con rosas amarillas que ya no reposaba en el espaldar de la silla. Sentada de espaldas, en el suelo y contra el árbol dibujaba la silueta de otra ella, con el pelo largo, con un vestido de flores y con un par de botas que seguramente eran en su cabeza también azul cielo.
Tomasa olvidó por un momento que tenía miedo y un olor a chocolate recién hecho impregnó el verde de las montañas.
Levantó el brazo y,
aferrándose a la parte alta del marco de la ventana,
encaramó la pierna;
por un instante fue el fantasma negro que hace malabares en el escenario de un teatro de cortinas blancas.
Ella se percató de la escena y miró hacia donde Tomasa estaba.
Cuando sus ojos se encontraron,
del dibujo que ella hacía salió un hilo de tierra quese hizo puente y llegó hasta el marco de la ventana.
Ella parpadeó,
tendió su mano hacia la media mujer de la ventana y la invitó a caminar por el puente.
Embriagada por el olor a chocolate y el regreso del gorjeo del pájaro,
Tomasa obedeció.
Una hueste de ángeles invisibles formó su otra mitad y la acompañó hasta que tocó el suelo.
Ella se paró,
le ofreció su mano
y la abrazó con tal fuerza
que en menos de un segundo eran una sola.
Tomasa se sintió en paz;
ya no se sintió incompleta,
ya no tuvo miedo de estar sola.
El aire sabía a limón y azúcar.
Para ella,
aquel encuentro significó el final de sus días grises y el adiós al vacío permanente de su estómago;
para los vecinos,
el evento se redujo a un espectáculo triste,
al vulgar suicidio de otro infeliz mariquita.
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