lunes, 2 de marzo de 2026

Suspiro de luna

 Hay un corazón hecho polvo

Para curarlo dos lonjas de queso

Y un pocillo amarillo a medio llenar con café recalentado 

El pasado de un gato congelado en un baño sin luz trae el petricor del invierno a esta tarde con sol

Y el ruido de un cristal roto deja sorda a la niña de vestido rojo, que tenía los sueños intactos hasta hace cuatro días

El polvo no sirve para cimentar castillos de arena 

El maullido del gato congelado marca el compás del baile de las hojas tristes de un sauce llorón 

Un suspiro que se le escapó a la luna

Hoy la tristeza no se entiende 

Hoy no se le entiende a la tristeza

Está borracha

Alcoholizada por los rayos del sol

Oigo el eco del maullido del gato de hielo, el mismo que sueña desde esta mañana con la eternidad en el lavamanos

¿Qué significará soñar con humanos?

Una noche estrellada amenaza con arrebatarme la punta del lápiz 

Hoy la tristeza no se entiende,  tiene forma de gato y es bien sabido que los gatos no saben ni quieren hablar con los humanos 

martes, 14 de marzo de 2023

Alas de macramé

  

Corría el año de 2006. No contaba más que con diecisiete años, el peso de los sueños y un solo recuerdo:  la canción de mamá entretejida en mi memoria. Cansada de ser una extranjera en mi propia tierra, cuyo pasado era una maleta vacía, cerré los ojos y caí profunda.

Llovía.

Mamá decía que las noches de lluvia eran las favoritas de las almas que conceden deseos, y esa noche deseaba recordar.

Soñé.

La silueta de una anciana se dibujaba en la cima de una montaña, la arropaba un cielo anaranjado y la brisa de la tarde jugaba con su pelo. Di un paso para acercarme, pero caí en el fondo de una noche opaca y sin estrellas.

"A todas les pasa lo mismo." Dijo desde la montaña una voz que sonaba a canción de cuna y guitarras eléctricas. "Todas caminan con afán y de repente se olvidan de mirar el suelo". "¿Quién eres?" Dije mientras me incorporaba y sacudía de mi cuerpo lo que parecían ser hojas secas.

 

Silencio.

 

El sol de las cinco de la tarde se reflejaba en mis zapatos y el aire olía a chocolate recién hecho. Cadenas de montañas custodiaban las praderas y el canto de un río era la banda sonora de lo que parecía una película de cine mudo. "¿Por qué lloras?" Seguí con la mirada el hilo de esa voz de plata y mi atención aterrizó en un árbol de manzanas.  Me arrodillé a la orilla del río y en el reflejo del agua vi cómo por mis mejillas corrían riachuelos de lágrimas. No estaba triste, pero la lluvia de mis ojos no cesaba. "No te asustes", dijo la voz proveniente del manzano. "Es normal. Le sucede a quienes buscan en el pasado alguna señal para encontrarle sentido a su tiempo. Acércate."

Me puse de pie. Caminé hasta la sombra del árbol y a medida que me acercaba iba encontrando madejas de yute, algodón, tiras de cuero y cáñamo. "¿Quién eres?", pregunté corriendo el riesgo de irme sin respuesta. "Soy quién te ayudará a recordar." Tuve miedo. Aunque siempre había querido revivir mi memoria, jamás había compartido ese deseo con nadie. "Toma las madejas que más te llamen la atención, no hay ruta para llegar a la cima de la montaña caminando, es por eso que si quieres saber quiénes somos la anciana de la montaña y yo necesitarás tejer unas alas, antes de que anochezca. "¿Cómo voy a tejer unas alas si no tengo agujas?" Pregunté con enfado, puesto que la única manera en la que yo podía tejer hasta ese entonces era con agujas largas y aceradas. "No las necesitas. Todas las herramientas creadas por el hombre son una expansión de las que tiene por naturaleza el cuerpo humano. Si quieres tejer, solo necesitarás los hilos, la luz del día y los dedos de tus manos."

"¡Está loca!" Pensé. Tomé una madeja de tiras de cuero, cinco de yute y tres de cáñamo y las guardé en la mochila. ¡Qué tontería! ¿A quién se le podía ocurrir que con unos materiales tan pesados se podrían construir unas alas y que además funcionarían? De todas maneras, caminé por la ribera mientras recogía palos para hacerme unas agujas. Hice varios juegos con varas de rosa, les quité las espinas, las pelé, y cuando iba a medio tejido, ¡zas!, se rompían casi que al mismo tiempo. Intenté varias veces con varas de sauces, urapanes y eucaliptos y todas las varas terminaban hechas astillas.

 

Comenzaba a anochecer.

 

Temiendo no terminar antes de que cayera la noche y quedarme atrapada en el sueño, comencé a anudar los hilos aprovechando los últimos rayos del sol y las yemas de mis dedos. El tiempo pasaba tan lento como el óxido sobre la hoja de un cuchillo y comenzaba a quedarme dormida. Cuando ya sentía que caía en los brazos de Morfeo hice el último nudo y me puse las alas. Floté. Planeando por lo que podría describir como el Paraíso, vi sentada a la sombra del manzano a Dolores, la profesora que me enseñó a tejer en tercer grado. Mi memoria despertaba de su sueño. Entre los recuerdos que florecían me vi en el patio de recreo, sentada bajo un árbol de manzana, lloraba porque no podía resolver divisiones por dos cifras, porque a esa edad nadie quería ser el amigo de la niña que no sabía dividir. Dolores caminó hacia mí y se sentó a mi lado, traía consigo una bolsa de algodón de la que salieron algunas madejas de lana de distintos colores y un par de agujas doradas. Me dio un poco de su tarta de queso y se puso a jugar con la lana, decía que las hebras eran gusanos guardianes del sol que se abrazaban para construir un fuerte y no permitir la entrada de los soldados del hielo. Me hacía reír. Hicimos muchos fuertes todos los días a la hora del recreo, aunque para los demás niños lo que nosotros llamábamos fuertes eran larguiruchas y aburridas bufandas. Dolores un día no volvió a la escuela, y como a mí no me gustan las lágrimas, no hice ninguna pregunta y la guardé en el hoyo negro del olvido. Cuando me vio volando por encima del árbol me hizo una seña, sonrió y me mostro la montaña de fuertes de colores que ha estado tejiendo durante todos estos años. Seguí planeando sobre el río y al acercarme a las montañas sentí que las piernas me temblaban.

 

"Encima de una laguna, bailaba un rayito de sol, bailaba brillando en el agua como un duende de cristal; y el viento le cantaba la música para bailar".

 

Esos eran mis versos favoritos de la canción del rayito de sol, que la abuela me cantaba todas las noches antes de dormir. Sonaban enredados en el aire como suenan las cometas que bailan en los cielos de agosto. La abuela se sentaba con nosotros en el porche de la casa y nos servía café con leche y galletas saladas untadas de mantequilla y mermelada de manzana. Con la abuela todas las tardes eran tardes de sol. No sé cuál era su secreto, pero siempre que venía a la finca el pasto se veía más verde, los pájaros entonaban sus mejores melodías a las cinco de la tarde y el azul celeste que arropaba la tarde era tan profundo como el secreto del mar. La abuela amaba leer, y tal vez sin saberlo sembró en mí la semilla del amor a la lectura todas esas tardes, mientras subrayaba con un lápiz rojos sus pasajes favoritos de la Biblia. La abuela murió sola en una clínica, a las diez de la mañana, con los ojos abiertos y sin la fuerza suficiente para decir adiós.

 

¡Ya te recuerdo, abuela!

 

Hoy estás allí, serena, sentada en la cima de la montaña. Allí ya no hay dolor y todas las tardes la Eternidad se celebra con café en leche y galletas saladas untadas con mantequilla y mermelada de manzana. Fueron las alas que tejí con las yemas de mis dedos las que me trajeron a ti, a la dueña del hilo que acabará con las grietas en el corazón, los hoyos negros de mi memoria y arreglará la brújula hechiza de mi alma.

jueves, 9 de febrero de 2023

Hace un tiempo tuve la barba azul

 El tiempo se olvidó de los relojes desde el principio de mis noches.

No necesito dormir para soñarte ni tampoco preciso silencio para traer a mi recuerdo el aire de tu voz. 

¿Por qué utilizaste la llave?

Cuando te vi por la plaza caminando de la mano de tu madre, supe que en ti vivía el aliento que le faltaba a mi alma cansada, por eso me atreví a buscarte, a ir tras de los surcos castaños de tu pelo y a multiplicarte sin reparo en los cristales que adornaban el salón principal.

¿Por qué utilizaste la llave?

Perdí el miedo a bailar, pedí tu mano, dijiste que sí, celebramos la boda en la cima de la montaña y olvidaste el horror que respiraba dormido en mi barba azul.

Olvidaste...olvidaste...olvidaste 

¿Por qué no olvidaste la llave?

Te imagino allí

Horrorizada en un mar rojo

 en mi secreto de sirenas 

Pidiéndole al Dios de tus ancestros el milagro quimérico de deshacer los pasos del tiempo.

Te imagino allí

Y también deseo que Cronos me regale su poder, para hacer lo que me venga en gana con las huellas de nuestras horas.

Imagino el miedo escarlata, la llave cayendo en el suelo, las risas ignaras asfixiando al aire, y al deseo de perderte en el misterio del mar.

¿Por qué? 

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué no olvidaste la llave?


De la imaginación paso al recuerdo.


Los surcos castaños deshechos en mi mano y la rabia inclemente carcomiéndome las vísceras.

Anita, ¡calla!

"Anita", gritas.

Anita, ¿Por qué no dejaste morir de curiosidad a tu hermana?

Anita, ¿Por qué no escondiste las llaves y te la llevaste a pasear por la montaña?

Anita, ¿Por qué tenías que mirar por la ventana?

El recuerdo me lleva al verde de la hierba, a los rayos del sol de esa tarde, y a las espadas aceradas que cosquilleaban mis entrañas.

Anita, ¿Por qué no dejaste morir de curiosidad a tu hermana?

Hoy, desde el infierno del no tiempo te pido que mires al cielo. No en una noche cualquiera. Búscame en la noche más oscura de la mitad del estío. Para que no estés triste, para que no estés triste, para que desde mi no tiempo pueda protegerte del frío.


















lunes, 19 de septiembre de 2022

Las begonias florecen en el patio

 

A veces, cuando llueve

Resuena en el corazón el eco de tus pasos

De ese domingo por la tarde

Del día que te pedí que no te fueras 


A veces, cuando llueve

Silba tu voz con la del viento

Y acaricia la copa de los eucaliptos que sembraste un par de días después de mi nacimiento


A veces, cuando llueve 

Se revuelve la tierra que quedó en el fondo del vaso 

Miro hacia los lados 

Y el vacío que tirita cerca de las ventanas

Me grita entre dientes que ya no quieres volver 


A veces, cuando llueve

Te conviertes en canción

La acuarela de tus ojos se derrite 

Y del vacío que cargo en el pecho se escucha el eco 

Palpita 

          Revuela 

Lo escucho con paciencia 

Mordiéndome la lengua

Cuento las gotas suicidas que se estrellan contra los techos 

Con la resignación de una vela en medio del invierno

Hasta quedarme dormida 









domingo, 2 de enero de 2022

¿Qué hacen las arañas cuando tienen insomnio?

 Cuando no pueden quedarse dormidas, algunas arañas juegan a contarse los pelos de las patas.

Hay otras que prefieren cerrar los ojos y, mientras luchan con la poca energía que les queda para no abrirlos de nuevo, practican la tan humana e inútil costumbre de contar ovejas.

Hay arañas que no se cansan y aprovechan las horas de no sueño para imaginar diseños de vanguardia y soñar que sus creaciones algún día serán aplaudidas en Milán.

Las arañas más atrevidas y despiertas juegan a las escondidas en las bibliotecas y envuelven en hilos de olvido los libros que un alma que se quedó viviendo en el invierno ya no quiso volver a leer. 

Hay arañas ciegas para las que ni la noche ni el sueño existe.

Esas arañas se quedan inmóviles en las esquinas que conquista el polvo y esperan sin esperar a quedar convertidas en un esqueleto amarillento y liviano, que desaparece con el soplido del viento y vuela confundido entre semillas de diente de león

Hoy no puedo dormir 

Hoy quiero ser araña  

Para no sentir con horror el caminar fastidioso del tiempo, para olvidar que cuento con menos de ocho horas para mantener los ojos cerrados

Para volver a abrirlos y para volver a jugar a que estoy viva

Para ignorar la constelación de agujas que arde en el cielo de mi espalda y me recuerda que con el tiempo se van los sueños. 













miércoles, 29 de abril de 2020

¡Buenos días!

Hoy es un buen día para vomitar las mariposas que flotan muertas
desde hace tiempo
en la barriga de una princesa virgen recién casada


Hoy es un buen día para cerrar la ventana por la que el último rayo cenizo de luz solar entraba
y abrir las puertas a la oscuridad que vive en el hueco
donde antes moraba un corazón


Hoy es un buen día para dejar caer los pocillos de porcelana de una matrona
acariciarlos
rodearlos con la palma de la mano
servir un sorbo de agua
de té
de chocolate frío con queso derretido
y después de libar el trago
estrellarlos contra una pared
recién pintada de blanco


Hoy es un buen día para arrancar las cintas de audio que se enredan en la cabeza
arrebatárselas al recuerdo
hacerlas barco errante en un lago de alcohol
y mostrarle el camino
con un fósforo encendido


Hoy es un buen día para apagar las luces
verse al espejo, escupir el reflejo
para recordar que la vida se limita
a los doce puntos tatuados en el reloj,
que el movimiento del tiempo
no es más que la marcha suicida
que conduce al fin.




jueves, 7 de marzo de 2019

Gravedad



El tiempo vacío sirve para recordar todas las cosas que hago mal

los años perdidos del bachillerato
la castañuela rota 
la cuerda de guitarra reventada
mi imposibilidad de abrir la boca y cantar como a mí se me de la gana

para verme al espejo y recordarme lo infeliz que soy desde que empecé a contar calorías
para recordar que hoy comí
de más
que hoy
comí

para pensar que sería buena idea vomitar después de comer
para pensar que solo un idiota consideraría buena idea la de vomitar después de comer
para perder el apetito
para pensar en quemar grasa
para pensar en qué mar nadar
para perder las ganas de ir al mar
para meter en mi cabeza de ahora ese mañana feliz  que aún no existe
para pensar estupideces
para debilitar los ojos detrás de una pantalla
para sentirme mal por perder el tiempo debilitando mis ojos detrás de una pantalla
para hacer ejercicio
para recordar que ya no puedo hacer ejercicio porque me duelen los huesos
porque estoy enferma
y que cuando no estaba enferma no me gustaba tanto hacer ejercicio

para recordar que el tiempo pasa
y se la pasa caminando por mis fosas nasales
disfrazado de aire

para escribir estupideces

como que el tiempo no muere
que el que se muere es uno 
que uno es el que pierde
pero, ¿qué pierde?


Tiempo
Aire
Nada

para recordar que mañana hay que madrugar
que hay que activar la alarma y evitar un retardo
para pensar que perder el tiempo es un pecado
que hace llorar a los santos 
y pone a bailar a los diablos

Síndrome de abstinencia




Abrió la ventana 
y ella estaba allí

sentada sobre el techo de la casa del frente
con una sonrisa sin dientes
con una melena enredada 
con una oreja pegada a la pared
con los ojos entornados
con la atención puesta en los gemidos de la vecina
que atravesaban la noche y el cemento de las paredes


cerró la ventana
cerró las cortinas
apagó la lámpara 
y se metió debajo de las cobijas
abrió los ojos
y respiró el negro
el negro que antes bebía de los pocillos
le cundía los ojos
y le acariciaba la piel por debajo de las cobijas


una garra le apresó el tobillo 



se hizo la muerta


pero el hambre de un limosnero le pateó el hígado



saltó de la cama



bajó a la cocina




prendió el fogón




hirvió el agua




preparó la infusión nocturna




besó al insomnio



y ella estaba allí

sentada sobre el mesón de la cocina
con una sonrisa sin dientes
con una melena enredada 
con una oreja pegada a la pared
con los ojos entornados
con la atención puesta en los gemidos de la vecina
que atravesaban la noche y el cemento de las paredes





jueves, 17 de enero de 2019

Veinticuatro




Un día es un cardumen de veinticuatro peces muertos 
que flotan sobre un mar 
de gelatina

un hombre desnudo frente al espejo
que se mira y se recuerda porqué odia a los cerdos

una taza de chocolate
que hace más de trescientos sesenta y cinco días
dejó al azúcar sentado en una sala de espera
con un reloj 
sin pilas

Una caricia
al ala
de una mariposa
con un guante 
de lija
con un pico 
de botella

la gota de limón 
que hierve en la herida que aún no sana

Un día es algún día

el hueco que queda
después del ojo afuera
un banquete ofrecido por Isabel II
el día que el hambre abandonó a la tierra

Un día es un cardumen 

de peces

veinticuatro

muertos

que flota

sobre un mar

de gelatina

sábado, 22 de diciembre de 2018

Villancico

Hoy la luna tiene náuseas 
tiene ganas de llorar

el hielo derrite al fuego
 una madre entona un villancico
y toca una guitarra que tiene como cuerdas
las tripas frescas del hijo de su vecina

al frente de su puerta

delante de todos los del barrio

de todos los que no hablan

de los que señalan con el dedo

de los que callan cuando ven al asesino que dibuja una golosa
con la sangre del que hasta hace dos minutos estaba vivo

guardan silencio

silencio


miran la crucifixión de un Cristo hecho con trapos

y tiemblan

mueven inquietos los dedos

zapatean

pero no dicen

miran

en silencio


en silencio


matan con silencio
ahorcan la culpa con rosarios

le donan a la iglesia
su biliar arrepentimiento
lo derraman en confesionarios

destierran el sabor amargo de su lengua
con el Pan
y el Vino
quefueronentregadosporvosotrosyportodosloshombresparaelperdondesuspecados

de sus pecados
los de otros
no los de ellos
ellos no pecan
para el perdón
de otros

callan

callan

mientras una madre llora

la madre del hijo sin tripas

del hijo que ahora suena


caminan sobre cáscaras de huevo

que son cráneos
que son muertos
los que ellos señalaron
a los que ellos no perdonaron
a los que según ellos Dios no quiere

a los muertos

a los muertos

a los muertos


hoy los grillos cantan fuerte
para morir con la primera nota
prefieren la muerte
a ser vecinos de lo humano


la noche de los cristales rotos se repite
se repite
se repite

y de tanto repetirse

ya no suena
ya no suena

ya no suenan los cristales

siguen rotos
mudos

ya no suenan


hoy la noche se repite
la  noche fea que no cesa

hoy la eterna noche se repite

esa horrible noche

la noche en que

según el libro sagrado

Dios murió de frío


domingo, 25 de noviembre de 2018

Ringlete




Uno no es el mismo todo el tiempo

Unos días está hecho de aire
y deja los brazos abiertos
para que en la fosa que un día Dios dejó enterrados los pulmones
vuelen las mariposas

Otros días está hecho de hierro
Y el corazón pesa tanto
Que dan ganas de sacarlo con tenazas
Y dejarlo abandonado a su suerte
Muchas veces
Uno despierta hecho de estiércol
De heridas
De recuerdos armados con navajas
De sonrisas sin dientes
Con ganas de acariciar el cuerpo con papel de lija
Uno no siempre es el mismo
Es a veces una estación de transmilenio a las seis de la tarde
Y otras veces la séptima con setenta y dos a la una de la mañana
Es a veces dicha
Es a veces miedo
Yo
Últimamente
Soy
Casi todos los días
Unas ganas enormes
De estrellar el teléfono
Contra el espejo

martes, 25 de septiembre de 2018

Puente





La despertó el canto de un pájaro disfónico y cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que la mesa de noche estaba dividida en dos.

Había también media cortina, 
media ventana, 
medio reloj despertador y media puerta.

Quiso sentarse,  
 pero el totazo que se dio contra la cabecera de la cama le informó que la noche le había robado un brazo, 
un hombro, 
un testículo, 
una pierna, 
una oreja, 
media boca, 
la mitad de su manzana de Adán, 
un implante que le daba forma de Eva, 
media nariz, 
un ojo 
y la mitad de su cabellera negra. 

Tomasa había amanecido incompleta. 

Con el ojo que la noche generosa le había dejado, miró la mitad de su reflejo en la mitad del espejo de la media habitación en la que estaba y lloró, 
se lamentó, 
maldijo todas las veces que había repetido hasta la saciedad que se sentía inacabada por no tener un hombre al lado. 

Tomasa, la que antes se llamaba Tomás, la que había renunciado a su masculinidad innata había guardado a su hombre en el olvido para poder anhelar sin temores la compañía de otro. 

Suspiró.
Dando saltos con la cola, 
llegó hasta la orilla de la cama, alcanzó con el brazo la silla del tocador que estaba cerca de la mesa de noche y tomó impulso para virar sobre su trasero y apoyar la pierna que le quedaba en el suelo. Se aferró a la misma silla escondiendo su cara del espejo.

 El pájaro disfónico volvió a gorjear. 

Frunció los labios para contestar el canto del ave con un silbido, pero no pudo. 

Quiso llorar de nuevo, pero, como era media ella, ya se le habían acabado las lágrimas y no tuvo más remedio que suspirar, una forma menos escandalosa de llorar.

Afianzó la mano, tomó impulso y se puso de pie. Como si estuviera jugando a una golosa, que en vez de cielo tuviera infierno, cruzó la media habitación dando brincos y abrió la media ventana. 

El pájaro voló. 

Vio media montaña, medio cielo, media nube y medio sol.  
Recostó su media humanidad contra la pared y vio detrás del medio árbol de peras del jardín media melena muy parecida a la mitad de su cabellera. Con el mismo silencio y sigilo que guarda un niño después de robarse una galleta, se sentó en el marco de la ventana. 

Ella jugaba. 

Tenía puesta la bota azul cielo que ya no estaba en su ropero y la mitad del vestido blanco con rosas amarillas que ya no reposaba en el espaldar de la silla. Sentada de espaldas, en el suelo y contra el árbol dibujaba la silueta de otra ella, con el pelo largo, con un vestido de flores y con un par de botas que seguramente eran en su cabeza también azul cielo. 
Tomasa olvidó por un momento que tenía miedo y un olor a chocolate recién hecho impregnó el verde de las montañas. 
Levantó el brazo y, 
aferrándose a la parte alta del marco de la ventana, 
encaramó la pierna; 

por un instante fue el fantasma negro que hace malabares en el escenario de un teatro de cortinas blancas. 

Ella se percató de la escena y miró hacia donde Tomasa estaba. 
Cuando sus ojos se encontraron, 
del dibujo que ella hacía salió un hilo de tierra quese hizo puente y llegó hasta el marco de la ventana.

Ella parpadeó, 
tendió su mano hacia la media mujer de la ventana y la invitó a caminar por el puente. 
Embriagada por el olor a chocolate y el regreso del gorjeo del pájaro, 
Tomasa obedeció. 

Una hueste de ángeles invisibles formó su otra mitad y la acompañó hasta que tocó el suelo.

Ella se paró, 
le ofreció su mano
 y la abrazó con tal fuerza 
que en menos de un segundo eran una sola. 

Tomasa se sintió en paz; 
ya no se sintió incompleta, 
ya  no tuvo miedo de estar sola. 

El aire sabía a limón y azúcar. 

Para ella, 
aquel encuentro significó el final de sus días grises y el adiós al vacío permanente de su estómago; 

para los vecinos, 
el evento se redujo a un espectáculo triste, 
al vulgar suicidio de otro infeliz mariquita.


domingo, 23 de septiembre de 2018

Recordatorio



A mí no me engañan

sé que no se han ido
que siguen dormidas 

son las siete de la noche
y ninguna se ha atrevido a abrir la boca

escucharlas 
es darle un mordisco a una pastel de estiercol recién horneado

caminar descalza sobre los pedazos de botellas 
que sobrevivieron la noche anterior a una pelea de borrachos

mirarme al espejo 

después de haber dormido sin quitarme el rímel de las pestañas

no las oigo

y el día se siente como el hombre que espera a las diez cero cinco a que el tren de las diez cero cero de reversa y abra sus puertas

con ellas 
quisiera morirme
sin ellas


pedazos de aire congelado se cuelan por mi nariz de duende huérfano

las imagino encuarteladas en una grieta de mi cerebro 
preparando un nuevo ataque
que me hará sentir como lechón relleno

como chichón de piso

como bruja de cuento

como el genio brillante al que una noche se le fundió el cerebro


minúscula en letras mayúsculas


no confío en su silencio de latas que ruedan por las escaleras


se camuflan en la mano peluda que se esconde debajo de mi cama
en el olor a lluvia de un domingo por la tarde
en la carrera tonta que doy después de apagar la luz

ahí están

agazapadas detrás de mis orejas

esperando 

a que me vuelva a sentir libre
a que me vuelva a sentir guapa
a que me vuelva a sentir lista
para escupirme a la cara
para patear mi sonrisa
para darme un pellizco en un pezón
y recordarme que aun 
estando ellas calladas y yo un poco distraída
seguimos estando vivas




domingo, 10 de diciembre de 2017

A veces sueño con el mar





Lo que más me gusta de ti es que a veces pareces un pez. 
Los peces son mágicos, ¿sabes? No pueden vivir sin su aire, un aire que ahogaría a los humanos. 
Tienen los ojos bien abiertos, el miedo cerrado y una boca enorme, redonda y llena de curiosidad; les gusta pasar el tiempo robándole besos al agua. 
¿Será que los peces lloran? 
No sé. 
Tampoco quiero saberlo. 
No me gustaría saber que, en algún momento, los peces se sienten tristes. 
Imagino que, en ese caso, las lágrimas se confundirían con el aire y ellos se quedarían sin tiempo y razón de rechazarlas; 
ellas, 
con el pasar de las horas, 
se confundirán en el agua y harán de la tristeza una cómplice involuntarias del aire que se baila bajo el mar.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Desalojo




Un monstruo enorme vive en mi cuerpo
Patea las paredes de mi pecho

Aterrado

Pero se niega a salir


Cuando le abro la puerta resopla
Me roba el aire
Se queda dormido
Y 
Cuando creo que ya no respira
Enreda con su lengua
Lo que me queda de paz


Un monstruo horripilante duerme en mi pecho
No hay manera de sacarlo

Aunque a veces

Mi voluntad cansina
Intente un desalojo
Disfrazado de llanto

No puedo

No puedo 

llorarlo

Un monstruo cobarde
Duerme en mi pecho
Y no tengo otro remedio
Más que dejar que el tiempo pase

Enfrentarme a otros monstruos

Quizás a fuerza de olvido
Y falta de atención
Se llene de tedio
Y se decida abandonarme

Antes de que pasen cien años
Antes de que se haga tarde

domingo, 19 de noviembre de 2017

Alejandro Non Magnus



Estás lejos

Tu cara es mancha de olvido

tu voz

aullido sin eco
que resuena estúpida
en una tarde de sol

Tu recuerdo

pompa de jabón vacilante
 vuela suicida y sin remedio
a la palmada asesina de niños que juegan en el  parque

Tu boca

Huella muerta
Orugas siamesas
Aborto de mariposa


Tus ojos


Tus ojos


Semillas de café tostado

Cobardes

Huyen del calor de mis aguas

Egoístas

Avaros

Ciegos



Corazón 

hechizo
Coletazo de vía láctea
Oración muda
Sonrisa sin dientes
Secreto refugiado

Doliente de la nada

Cadáver cicatero de ánima y puños cerrados


Hoy estás lejos

Gracias


Dios

Hoy estás lejos

lunes, 6 de noviembre de 2017

Sobre el éxito y otros orgasmos fingidos



La buena esposa es obediente y complaciente; aunque, siendo sinceros, hace más justicia al pedestal de santidad reservado para ella la palabra decente. Debe estar a la altura de las damas de sociedad y ser el motivo de orgullo de su señor esposo, pues es ella su mejor adquisición. Las buenas esposas se ciñen a las reglas morales y tienen rotundamente prohibido consentir pensamientos impuros; ese es un privilegio reservado para el caballero que les hizo el favor de llevarlas al altar.  Son concebidas como santas y han aprendido desde niñas que el placer es el demonio proxeneta de las putas. Por fortuna, una buena esposa también tiene derechos, como al de la soledad, esa que se convierte en su Universo cuando su esposo trabaja. En ese amague de libertad le obedece a la voz que acalla cuando está rodeada de gente; cierra las puertas de su habitación, se mira al espejo y poco a poco, sin dejar de mirarse a los ojos, se despoja del disfraz de buenas maneras que le compró el marido. Duda, pero se percibe tan deseable, que no le queda más remedio que obedecer al instinto y comenzar a acariciarse.
¿Será que Dios me está mirando?

¡A quién le importa! Sí, en su intimidad también le está permitido darle a Dios un rol secundario, los dedos resbalosos en medio de las piernas y la  dulce epifanía de la culpa.

¿De qué está hecho el cielo?

Silencio.


Ya casi es hora de la cena. Hay que lavarse las manos, ponerse la ropa y abrir la puerta. Sale de la habitación como el niño agazapado que acaba de comerse el chocolate que le robó a la abuela. Solo cuando comente ese pequeño crimen, -lejos de los ojos de su esposo, de su madre y del mismísimo Dios decepcionado- se concibe como mujer de carne y hueso, se siente realmente humana y desea, con algo de culpa, que el mequetrefe de su marido encuentre un trabajo en otro continente para pasar más tiempo con ella misma. Mientras eso ocurre, se pone el disfraz de obediencia y sigue al pie de la letra las normas que la pondrán en su pedestal de mujer decente; se dedicará a hacer las cosas bien, a replicar con algo de decoro a un prolífico y políticamente correcto escritor de bestsellers.  

Sobre la libertad en los personajes.



Los personajes necesitan respirar, llenarlos de basura –y por basura me refiero a los deseos de grandilocuencia del autor- los limita, los debilita, los anula. El pobre titiritero busca grandeza a costa de la vida de lo que crea, parece que aún no sabe que el saber en demasía puede tomar tintes coprológicos. El autor debe calmarse, renunciar a su deseo de controlarlo todo en extremo, porque todos los extremos son malos. Soltar el poder puede ayudar, dejar que la historia mueva al personaje  y que él mismo ayude a abrirse camino. Hay un punto en el que el autor, gústele o no, se convierte en un simple guía; en el que ya no se le permite  ser Dios.

Sobre los personajes y la realidad



Hoy los hombres ya no conquistan con palabras bonitas. El mundo gira y la gente cambia, ¿qué sentido tiene revivir a Don Juan de Marco en una tierra en el que las féminas deliran por un macho potentado que les enseñe a amar en cuatro? El mundo se ha convertido en una esfera de boñiga y no tiene sentido querer arroparlo con flores. Las rosas rojas pasaron de moda, pero no las palabras; el amor romanticón agoniza y con él se desvanecen los Romeos. Es una evolución divertida, no son los personajes más fuertes los que sobreviven, sobreviven los más reales, aunque estos estén hechos de palabras. 

Sobre la sencillez en el lenguaje



Nadie quiere besar a una máscara. ¿A dónde se fue tu cara? La belleza de lo simple respira, permanece, es natural. El adorno es artificioso, pesado, falso. La belleza está en lo simple, parece fácil, pero no lo es. ¿Cómo escribir algo bello sin caer en la tentación de la complejidad? La escritura es también una cuestión de amor propio, una novia en noche de bodas que no teme al despertar del día siguiente.